¿QUÉ HACER ANTE
LA
HOMOSEXUALIDAD?
Alfonso
Aguiló
Oirás muchas verdades que
llaman consoladoras;
pero
la verdad libera primero y consuela después.
Georges
Bernanos
Pienso que cualquiera
que haya conocido un poco de cerca el drama que muchas veces rodea la vida de
una persona homosexual, siente a partir de entonces una comprensión y un aprecio
muy especial por esas personas. Cuando se comprende un poco mejor la realidad de
su sufrimiento, dejan de hacer gracia las bromas que algunos gastan sobre este
asunto, y más bien producen un profundo desagrado.
Muchos de ellos desean
un cambio, y la idea de que no puede haberlo suele responder más a una
reivindicación de grupo que a una realidad orgánica o fisiológica. Hay abundante
experiencia de que quienes lo han logrado. Así lo asegura, por ejemplo, el
psicólogo holandés Gerard van der Aardweg, sobre la base de una experiencia
clínica de veinte años de estudios sobre personas que estaban en esa situación y
deseaban salir de ella.
Aardweg insiste en que
el homosexual tiene también instintos heterosexuales, pero que suelen ser
bloqueados por su convencimiento homosexual. Por eso, la mayor parte de los
pacientes que lo desean verdaderamente y se esfuerzan con constancia, cambian en
uno o dos años, y poco a poco disminuyen o desaparecen sus preocupaciones,
aumentan su alegría de vivir y su sensación general de bienestar. Algunos acaban
por ser totalmente heterosexuales; otros tienen episódicas atracciones
homosexuales, que son cada vez menos frecuentes conforme toma fuerza en ellos
una afectividad heterosexual.
La Iglesia
Católica les pide que vivan la
castidad, exactamente igual que se lo pide a todas las personas heterosexuales
que no están casadas.
—Hay cierto debate
sobre si es o no una enfermedad, pero está claro que no figura en el catálogo
mundial de enfermedades mentales.
En 1973 la
homosexualidad fue extraída del “Diagnostic and Statistical Manual of Mental
Disorders” (DSM), pero hay que decir que aquello constituyó uno de los episodios
más oscuros de los anales de la medicina moderna. Fue relatado ampliamente por
uno de sus protagonistas, Ronald Bayer, conocido simpatizante de la causa gay, y
es un buen ejemplo de cómo la militancia política puede llegar a interferir y
alterar el discurso científico. Durante los años previos a esa decisión se
sucedieron repetidos intentos de influir en los congresos de psiquiatría
mediante insultos, amenazas, boicots y otros modos de presión por parte de de
activistas gays. El obstruccionismo a las exposiciones de los psiquiatras fue en
aumento hasta llegar a tomar la forma de una auténtica declaración de guerra. La
victoria final fue para el lobby gay, aunque hay que decir que, a pesar de las
presiones, la aprobación de la exclusión de la homosexualidad del DSM no obtuvo
más que el 58 % de los votos. Era una mayoría cualificada para una decisión
política, pero desde luego bastante débil para dar por zanjado un análisis
científico de un problema médico. Se piense lo que se piense al respecto –y la
falta de unanimidad médica debería ser una buena razón para optar por la
prudencia en cuanto a las opiniones tajantes–, la verdad es que la controvertida
decisión final estuvo más basada en la acción política que en una consideración
científica.
¿Es o no una
enfermedad?
«Fui homosexual activo
durante veintiún años, hasta que me convencí de la necesidad de cambiar
–explicaba Noel B. Mosen en una carta publicada en la revista New
Zealandia.
«Con la ayuda de Dios,
lo conseguí. Ahora llevo seis años felizmente casado y no experimento ninguno de
los deseos homosexuales que antes dominaban mi vida. En todo el mundo son miles
las personas que han cambiado, igual que yo.
«Es falso que se haya
probado la existencia de un gen que determine la homosexualidad. Si los genes
fueran determinantes, cuando uno de dos gemelos fuera homosexual, también el
otro tendría que serlo; pero no ocurre así.
«Además, si la
orientación sexual estuviera genéticamente determinada, no habría posibilidad de
cambiar; pero conocidos expertos en sexología como D. J. West, M. Nichols o L.
J. Hatterer, han descrito muchos casos de homosexuales que se convierten en
heterosexuales de modo completamente espontáneo, sin presiones ni ayuda de
ninguna clase.
«Mi experiencia es que
la homosexualidad no es una condición estable ni satisfactoria. No es libertad:
es una adicción emocional.»
En las últimas
décadas, sin embargo, se ha impuesto una especie de férrea censura social que
tacha de intolerante todo lo que contradiga la pretensión de normalidad
defendida por determinados grupos homosexuales muy activos. Estos grupos de
influencia presentan el estilo de vida homosexual de modo casi idílico.
Transcribo, por el contrario, un testimonio publicado no hace mucho en El
Semanal. «Leí la entrevista que salió en el número 656 de su revista el pasado
21 de mayo. Si ese chico es feliz viviendo su homosexualidad, pues me alegro. No
quiero ahora valorar la homosexualidad ni a quienes la practican. Tan solo
quiero dar mi testimonio por si a alguien le sirve. He vivido mi homosexualidad
durante unos diez años. He sufrido constantes angustias, infidelidades,
traiciones y celos. Desde hace un año he cortado con esas relaciones y procuro
salir con chicas y cambiar de ambiente. Cada vez me encuentro más feliz y no
quiero caer en los errores pasados. Creo considerarme un ex gay. Aviso a
navegantes: ¡ser gay no es tan rosa como lo pintan!»
No es una simple
cuestión de palabras
La correcta
comprensión de este asunto no es una cuestión de simples precisiones académicas
o terminológicas. Acertar en esto representa una cuestión importante para
bastantes personas que viven condicionadas por el viejo dogma de que la
homosexualidad es algo innato, inmutable y extendidísimo.
No es extraño que un
adolescente sienta unas leves tendencias homosexuales durante el desarrollo de
la pubertad, habitualmente de modo pasajero y que pronto disminuyen. Pero si a
esa chica o ese chico se le ha hecho creer que la homosexualidad es de origen
genético, y que es algo permanente e inexorable, esa idea puede provocar que ese
adolescente convierta una sencilla y circunstancial cuestión en una profunda
crisis de identidad sexual.
Afirmar que las
personas con inclinaciones homosexuales no pueden sino actuar según esas
inclinaciones, supondría negar a esas personas lo más específicamente humano,
que es la libertad personal. Probablemente esas inclinaciones no son decididas
voluntariamente, pero siempre son libres de decidir no practicarlas para no
reforzar esa tendencia.
—¿Y qué contestarías a
quienes dijeran que tus ideas sobre este tema son “homófobas”, y que por tanto
no deben tolerarse?
Les pediría que
rebatan mis afirmaciones. Todos tenemos derecho a sostener lo que nos parezca
verdadero u oportuno. Si quieren rebatir afirmaciones científicas han de hacerlo
con otras de la misma naturaleza. Si se trata de opiniones o juicios de valor,
tendrán que oponer otros. Pero no la intolerante exigencia del silencio o de la
rectificación forzosa. Porque hay mucho progresista cazador de brujas que
quisiera quemar en una pira pública todo lo que no coincida exactamente con sus
dogmas sobre el tema, pero la libre investigación científica y la libertad para
expresar valoraciones y opiniones no pueden quedar limitadas por los prejuicios
ideológicos, por más que estos se enmascaren con el ropaje de la dignidad
ofendida.
Me llama la atención
que quienes defienden, por ejemplo, la castidad o la fidelidad conyugal tengan
que sufrir, en nombre de la tolerancia, todo tipo de ataques o de burlas, y sin
embargo no se pueda opinar en otro sentido dentro de este tema. Parece que no
puede hablarse sobre aquellos a quienes el “progresismo oficial” otorga la
condición de agraviados. Es una curiosa “tolerancia unidireccional”, por la que
unos pueden atacar pero nunca ser atacados. Al final es un simple un problema de
libertad de expresión, pues dictaminar qué se puede o no defender públicamente
es siempre un atentado contra la libertad de expresión, y la reducción del
adversario al silencio es siempre síntoma de debilidad
intelectual.
La actitud de
la Iglesia
—¿Y por qué
la Iglesia
católica parece tan dura y poco comprensiva con los
homosexuales?
Creo que no es así. Es
la misma sociedad la que, en muchas épocas y ambientes, ha sido dura y poco
comprensiva con el homosexual. A veces los católicos se han contagiado de esa
mentalidad, pero la
Iglesia católica insiste en que esas personas deben ser
acogidas con respeto y delicadeza, y que ha de evitarse respecto a ellas todo
signo de discriminación injusta.
Como dice el Catecismo
de la Iglesia
Católica (nn. 2357-2359), las inclinaciones homosexuales son
objetivamente desordenadas, y por tanto es inmoral realizarlas, pero el
homosexual como persona merece todo respeto. Esas personas están llamadas a
realizar la voluntad de Dios en su vida, y, si son cristianas, a unir al
sacrificio de la cruz del Señor las dificultades que pueden encontrar a causa de
su condición.
Es cierto que un
número apreciable de hombres y mujeres presentan tendencias homosexuales
instintivas, y que no eligen su condición homosexual, sino que ésta constituye
para la mayoría de ellos una auténtica prueba. La acción pastoral de
la Iglesia con
estas personas –señala el teólogo Georges Cottier– ha de caracterizarse por la
comprensión y el respeto. Con frecuencia se les ha hecho sufrir como
consecuencia de actitudes que son más bien fruto de prejuicios que de auténticos
motivos de inspiración evangélica. Tienen que sentirse miembros de pleno derecho
de la parroquia, y para ellos vale la misma llamada a la santidad del resto de
los demás hombres y mujeres. Hay que tener siempre presente la maternidad de
la Iglesia,
que ama a todos los hombres, también a aquellos que tienen pequeños o grandes
problemas.